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Antoine Gallimard: «Amazon vende libros, pero no los lee»

Su abuelo Gaston Gallimard fundó con André Gide y Jean Schlumberg la revista Éditions de la NRF, que luego se convirtió en librería y más tarde en editorial. Su padre, Claude, puso en marcha una distribuidora propia para ese mismo sello y creó colecciones nuevas, entre ellas la mítica Folio. Antoine Gallimard, actual presidente y propietario de Éditions Gallimard, tomó las riendas de ‘la maison’ en los años ochenta, desde entonces oficia de patrón de un barco tan longevo y atrevido como el Argos de Jasón.

 Herralde. Cabello blanco y brillante, de ojos vivos y conversación ágil, el editor francés escucha con atención, interesado por el mundo en el que vive y el lugar que ocupan los libros en él. Son los aires de familia: la suya y la que ha creado Gallimard con autores y lectores desde hace más de un siglo.

En el catálogo de Gallimard conviven más de 40 premios Nobel y el grueso de los ganadores del Goncourt, el reconocimiento literario más importante en Francia. Encuadernada en sus colecciones, se despliega la historia literaria francesa y europea: de André Gide a Milan Kundera, también Malraux, Proust, Saint-Exupéry, Sartre, Camus, Sollers, Aragon, Mallarmé, Breton, Artaud… Un atlas vivo, una criatura en constante transformación, incluso a pesar de los obstáculos que el libro y la lectura deben sortear hoy.

Contra la confusión

Desde muy pronto, Antoine Gallimard comprendió que para resguardar un legado ya no sólo familiar sino nacional, debía mantener su independencia, y así lo explica una mañana de domingo en un patio sevillano que huele a jazmín y café recién hecho. La lectura, insiste, es el único cortafuego posible contra cualquier obcecación y dictadura, ya sea la del best seller, las redes sociales o la de la cultura de la cancelación.

«En Gallimard tenemos un programa con niños en edad de nueve y diez años, para que lean en voz alta en la escuela. Es un gesto muy sencillo, pero explica la importancia de la lectura. Los políticos y las instituciones hacen esfuerzos para mejorar los niveles, pero en un mundo en el que las redes e Internet nos inundan con información, se genera un ruido que distrae y en ocasiones desorienta, hasta quitarnos la curiosidad», asegura el editor mientras aparta la bolsa de te de la taza humeante.

Antoine, que entiende tanto de libros como de navegación, interpreta el sello como un barco que ha de avanzar, estable, en medio de un mar bronco. Por eso, a lo largo de los últimos años, Éditions Gallimard ha incorporado como parte de la casa sellos como Denoël, Mercure, Nouveaux Loisirs, Gallimard Jeunesse, POL y Éditions de la Table Ronde, entre otros. También posee tres empresas de distribución; diez librerías y varias filiales en el extranjero. No importa la tempestad, Gallimard navega firme como un barco de Melville, Kippling o Conrad.

Paciencia de pescador

A mitad de camino entre el mito cultural y empresarial, la editorial Gallimard reúne la literatura y la prescripción, la vanguardia y la tradición, una empresa cuyo éxito intelectual está acompañado por el económico. Cien años y tres generaciones abarcan la historia cultural de una Europa cuyos cambios saltan a la vista para el depositario y heredero de todo lo que se cuece en Saint-Germain de Prés.

El mundo es otro y, sin embargo, el libro permanece. «Cuando mi abuelo creó la revista con Gide, y luego la librería y la editorial, el escritor tenía un papel. Sus juicios y opiniones eran importantes y su lectura de la sociedad en la que vivía se consideraba necesaria. Hoy, justamente por el ruido de fondo, el autor ya no tiene el mismo peso en la sociedad que vive y el sistema del que forma parte».

¿Qué le diría el Antoine Gallimard de los ochenta al de hoy?

—Cuando asumí como director literario comencé a entender y apreciar la importancia de un catálogo y del imaginario que ese catálogo representa. De los primeros libros que edité y recuperé fue Pedro Páramo. Fui afortunado de encontrarme este tipo de libros. Mis esfuerzos actualmente están orientados a desarrollar aun más la editorial. Para que sea un barco en el que quepan todos los libros buenos. No todo es éxito es financiero. Libros de ficción y no ficción, eso sí de calidad. No hay más secreto.

En el Gallimard de mediados del siglo XX, ¿el escritor era una especie de faro? ¿Se apagaron las luces?

—En la generación de mi padre publicaban Octavio Paz, Carlos Fuentes, Vargas Llosa… Era un mundo ilustrado. El escritor y su obra tenían un peso. A mí mismo me resulta difícil mantener la independencia y permanecer vigilante ante lo que hacemos, por eso insisto tanto en que es necesario cuidar el catálogo. Ahora es importante mostrar lo diverso. Saber escuchar y leer al autor con voz propia. Claro que el best seller es importante, pero no es el único punto ni la única razón por la que editamos.

En Francia, tanto editores como el ministerio de Cultura han plantado cara a Amazon, desde muy pronto.

—En una librería tendrás un consejo, una opinión documentada. Los libreros leen libros, Amazon no lee los libros, los vende. Entiendo que a la gente le guste: es rápido, es fácil. Quien te recibe en una librería no te pide tu nombre, ni tu edad o dirección, ni toda la información para acceder a tu personalidad. Amazon sí que usa todo eso para seguir vendiéndote cosas, sean libros o no.

Aunque ya son casi las once y apenas quedan minutos para confirmar si fue él a quien su abuelo Gaston enviaba para entregar en mano los recibos a Jean Genet o ahondar en sus lecturas juveniles, desde ‘Crimen y castigo’ de Dostoievski hasta Proust, Antoine Gallimard resalta lo que cree importante: «Soy muy sensible al estilo y no suelen gustarme demasiado los manuscritos sofisticados. Me gusta un texto cuando es claro y sorprendente. Me gusta la mezcla entre el hallazgo de una historia y al mismo tiempo de un descubrimiento». Gallimard hace una pausa: «Soy como los pescadores, disfruto de la espera para una buena pesca».

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