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Tove Ditlevsen, el puñal de la memoria

Mucho antes que Karl Ove Knausgård y Emmanuel Carrère, profetas y maestros del género de la ‘autoficción’, ese híbrido entre la novela y la autobiografía, estuvo ella. Pero no lo sabíamos. Claro que en Dinamarca, país natal de Tove Ditlevsen, tampoco estaban al tanto de la joya literaria que atesoraban, al menos no en las últimas décadas. Nacida un año antes de que acabara la Primera Guerra Mundial en una familia humilde en el barrio de Vesterbro, en Copenhaghe, durante toda su tormentosa existencia Ditlevsen luchó por ser reconocida como escritora, vivir de las palabras que inventaba y poder así escapar de un aciago destino. De todo ello dio cuenta, con muchos pelos y otras

 tantas señales, sin ahorrarle nada, ni bueno ni malo, al lector, en sus memorias, que publicó en tres volúmenes entre 1967 y 1971.

Aquella ‘Trilogía de Copenhague’ quedó sepultada en el olvido literario, que es el peor de todos, por injusto, tras su muerte, en 1976. No hubo traducciones y allí se quedó, esperando que algún editor con ojo de buen lector la rescatara. En 2017, año del centenario de su nacimiento, Dinamarca volvió a honrarla, que para eso están los aniversarios, con la correspondiente reedición de su obra. Ese ‘empuje’ fue aprovechado por un grupo de jóvenes autoras danesas que llevaban tiempo leyéndola de cabo a rabo, fascinadas por la actualidad de los temas que trató –la mujer, el papel de madre y escritora–, para reivindicar su figura más allá de sus estrechas fronteras. Y se obró el milagro de la traducción. Un gran grupo editorial publicó en Reino Unido las memorias de Ditlevsen en octubre de 2019 y, poco después, apareció una elogiosa reseña de la obra en ‘The Guardian’.

La pandemia hizo que el desembarco en Estados Unidos, todavía el país más poderoso del mundo en el ámbito literario, se retrasara un año. Pero, en cuanto se editó, la trilogía fue calificada como ‘obra maestra’ en ‘The New York Times’, al que siguió el resto de la prensa cultural estadounidense con idéntica opinión. El eco de todas esas alabanzas llegó a Dinamarca, donde, tras recuperarse del pasmo de no saber lo que tenían en casa, empezaron a invertir todos sus esfuerzos, sobre todo monetarios, en promocionar la obra de Ditlevsen financiando fuera las traducciones de su obra.

Desde entonces, ‘Trilogía de Copenhague’ se ha publicado ya en veintiocho países, entre ellos España, de la mano de la editorial Seix Barral. Un auténtico fenómeno literario cuya explicación reside, igual que en tantos otros casos, en la atracción de los lectores por una vida tan trágica como bien narrada.

Infancia

«La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no puedes salir de ella por tu cuenta», escribe Ditlevsen en las primeras páginas, cuando comienza a hacer memoria. A partir de ahí, lo hará desde el punto de vista de su yo más joven, dotando al relato de una inocencia, la de los ojos de un niño, nada impostada, cómica a veces, que sirve para que el lector no se vea sobrepasado por la amargura. Su padre era un socialista taciturno e incrédulo y su madre una mujer de carácter, egoísta. Pobres de necesidad, ninguno fue capaz de entender las aspiraciones poéticas que su hija tuvo desde bien pequeña. Su madre, porque no le gustaban los libros y su padre, porque las niñas, a su entender, no debían escribir. Tampoco halló Ditlevsen comprensión en su hermano, que cuando, en su adolescencia, encontró algunos de sus versos, un tanto tórridos, le espetó: «¡Estás llena de mentiras!».

Pero ella, pese a todo, no dejó de escribir. A los 14 años, presentó sus poemas a un editor para que se los publicara. Éste los encontró demasiado «sensuales» y le pidió que volviera dos años después. Cosa que ella hizo, claro, pero para entonces el editor estaba muerto. Al poco tiempo, Ditlevsen conoció a un viejo huraño y rijoso de cuya biblioteca sacó cuantos libros pudo mientas él se entretenía observando a sus amigas. Pero tan peculiar ‘mentor’ le duró poco: un día que fue a verle, su edificio había sido demolido. Nunca volvió a saber de él, ni de su rastro.

Como todas las niñas de su clase social, tras recibir el sacramento de la confirmación dejó de estudiar y se puso a trabajar. Fue empleada doméstica y de una tienda de suministros, tutora de un niño… A los dieciocho años, por fin, encontró a un editor dispuesto a publicar uno de sus poemas, y terminó casada con él. Pero el tipo era seis años mayor que su madre y, a falta de fogosidad en su relación marital, le engañó con un joven granuja con el que también se casó y que fue el padre de su primer hijo.

Reconocimiento

Tras la Segunda Guerra Mundial, Ditlevsen vio cumplido su ansiado sueño de vivir de la escritura. Por fin era reconocida. Conoció a Evelyn Waugh y, en los años posteriores, publicó una treintena de libros, sobre todo poesía, pero también relatos, literatura infantil… Escribió artículos para revistas y durante dos décadas tuvo un consultorio a lo Elena Francis.

Su vida personal no se enderezó nunca. Animada por los efluvios de Dioniso, le fue infiel a su segundo marido con un jóven médico del que se quedó embarazada. A petición de la propia Ditlevsen, el facultativo le practicó un aborto y, durante la intervención, le dio Demerol, un opioide al que la escritora se enganchó tras experimentar «una dicha que nunca antes había sentido».

Dejó a su segundo marido, se casó con el médico –con él tuvo un segundo hijo– y entró en una espiral de adicción consentida y alentada por él, que le proporcionaba todo el Demerol que quería y la llevaba a la cama cuando estaba drogada, pues le gustaban «las mujeres pasivas». Aquel desenfrenó duró cinco años. Ditlevsen acabó pesando treinta kilos e ingresando en un centro de rehabilitación. Al salir, volvió a casarse una vez más. Pero ya era tarde. Se suicidó a los 58 años. Mil personas siguieron su féretro por las calles de Copenhague.

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